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De romería con Bruce

junio 28, 2013 Sin comentarios »
Bruce Springsteen

Bruce Springsteen

Bruce tocaría tres hores y media, pero algunos llevamos otres diez hores más de concierto», bromeaba ayer, pletórico, un aficionado de doblete mientras pagaba otra ronda en un bar. Y es que para gran parte de los que abarrotaron la otra noche El Molinón, un show del Jefe constituye, por encima de todo, una fiesta multitudinaria, una romería sin prau donde el ambiente y los elementos extramusicales gozan de tanta importancia como las canciones.
Springsteen es un auténtico profesional que adora su trabajo, domina las costuras del directo y la comunión con el público como pocos y, pese a gozar del status de las estrella del rock, transmite una cercanía y una honestidad que le humanizan. Su deferencia hacia las peticiones del público convierten sus conciertos en irrepetibles (a los cinco minutos, ya se puso a improvisar tres temas seguidos); le arropa una superbanda y posee un repertorio repleto de comodines. Es perfectamente comprensible, y muy respetable, que siga despertando idénticas pasiones después de cuatro décadas de trayectoria.
Ahora bien, sus correligionarios, quienes, al igual que los stonianos suelen encajar mal la crítica constructiva, deben admitir que no fue oro todo lo que relució anteayer en Gijón. Empezando por el sonido, que fue muy deficiente en amplias zonas del estadio. Bien es cierto que no debe ser tarea fácil ecualizar tanta variedad de instrumentos y voces –hasta dieciséis músicos se juntaban en el escenario– y que el Molinón no es, precisamente, la Scala de Milán. Como anécdota curiosa, numerosos gijoneses aseguran que desde casa se escuchaba de maravilla. Y, encima, gratis.
Otro aspecto más discutible se refiere a la duración de sus conciertos. Si tal derroche escénico representa para los fans una de sus señas de identidad más admiradas, los puristas del rock lo tachan de sobredimensionado. «Un concierto de rock tiene que durar dos horas como máximo», sentenciaba un veterano del periodismo musical. Bruce interpretó 31 canciones, cuatro de ellas versiones (‘Travelin´Band’, ‘Shout’, ‘La Bamba’ y ‘Twist and Shout’) y el show tuvo altibajos con instantes memorables, pero con algún que otro estropicio. Los temas clásicos funcionan mejor en clave rock, por lo que igual le sobraba algún músico.
La noche arrancó y se clausuró con el tema central del inolvidable spaghetti-western ‘Hasta que llegó su hora’, de Ennio Morricone, a quien Bruce homenajeó en un disco colectivo. Pero, por lo visto en Gijón, parece que la hora de Springsteen está aún muy lejana. Así que hasta dentro de diez años.

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